Artículo publicado en:


Revista Sinfónica, en la edición de abril 2011, como parte de un ciclo sobre la Psicología de la Música por Elsa Perdomo Guevara (ver Curriculum Vitae)

Tapa n. 194:



Otros artículos de la serie:
La Psicología de la Música
El desafío de ‘enseñar’ música
Técnicas de estudio de alto rendimiento
La preparación mental del intérprete



¿Qué es el talento?


‘Me encanta la música, pero no sirvo para ello’ ‘Luis tiene un don increíble para la música’. ‘Para tocar bien un instrumento, hace falta tener talento’.

Ninguna de estas frases nos resultan sorprendentes, pues las tres traducen una creencia profundamente arraigadas en nuestra sociedad occidental: que la música no es para todos y que sólo algunos tienen el ‘don’ o ‘talento’ musical.

Cuando se habla de talento, todos sabemos a lo que nos referimos. Lo saben los músicos, los profesores, los padres y hasta los niños pequeños. Parece ser el factor que lo determina todo, tanto si podremos dedicarnos a la música, como si, simplemente, podremos llegar a tocar bien un instrumento. Pero, ¿ qué es realmente el talento?

El concepto de ‘talento’ surge como respuesta a una constatación evidente: no todos los niños progresan igualmente rápido ni llegan a los mismo resultados. Las diferencias individuales pueden llegar a ser impresionantes, mismo dentro de la misma familia. ¿Por qué tales diferencias? La respuesta parece sencilla: ‘están los niños que tienen talento y los que no’. Sin embargo esta respuesta nos encierra en un razonamiento donde no buscamos explicaciones alternativas. El talento no es algo directamente observable, sino algo que deducimos que alguien posee. Y muchas veces caemos en un razonamiento circular como el siguiente: ‘Toca maravillosamente el piano, se ve que tiene talento’. Y ¿cómo sabemos que tiene talento? ‘Porque toca maravillosamente el piano’.

Los investigadores en psicología de la música se han dedicado a estudiar y a cuestionar el propio concepto de talento. Algunos de entre ellos han llegado mismo a la conclusión que el ‘talento’ es una explicación romántica pero falsa de las diferencias individuales.
En un artículo de referencia intitulado ‘ Talentos innatos, realidad o mito?’ tres investigadores reputados, Michael Howe, Jane Davidson y John Sloboda han analizado el tema de manera crítica y consideraremos algunas de sus conclusiones.

Para investigar el talento desde el punto de vista científico, debemos primeramente considerarlo como una hipótesis, es decir, como una entre otras teorías posibles y no como una verdad a-priori. Luego, ver si lo que observamos en la realidad parece confirmar o no esta hipótesis y considerar y analizar explicaciones alternativas. Debemos, para esto, definir el concepto y decidir cuáles son los criterios en que debemos basarnos para dictaminar si un individuo tiene o no talento.

Esta no es tarea fácil pues la noción de talento es extremadamente vaga. Lo concebimos como un ‘algo’ que se tiene o no. Pero, ¿de qué factores está compuesto ese ‘algo’? ¿Qué observaciones nos demostrarán que una persona tiene talento?

Cuando queremos definir el talento de manera precisa nos enfrentamos a un problema práctico. Sabemos que, mismo los estudiantes de música más extraordinarios, no destacan en todas las facetas de la actividad musical por igual. Algunos por ejemplo, logran conmovernos con sus interpretaciones, pero quizás no memoricen con gran rapidez. Otros tienen una facilidad técnica apabullante, pero no son excelentes lectores. Otros son capaces de montar un programa en pocas semanas, pero no dan lo mejor de sí en el escenario. Y quizás algunos interpretan maravillosamente Bach, pero no son capaces de emocionarnos en un Rachmaninoff. ¿Quiénes, entre ellos, tienen talento? ¿En qué facetas de la actividad musical es imprescindible brillar para ser considerado talentoso? Y, ¿dictaminaremos que alguien tiene talento por sus resultados, o por la facilidad con la que llegó a esos resultados?

La dificultad en contestar estas preguntas nos pone frente a una discrepancia entre la noción romántica de lo que llamamos ‘talento’, y la realidad de las observaciones. Lo que observamos en realidad en los músicos, no es un ‘don’ abstracto que se tiene o no, sino un conjunto de diferentes habilidades y competencias, en las que cada individuo puntúa más o menos alto.

Pensar en término de varias habilidades y competencias parece ser más realista que pensar en términos de un ‘talento’ unidimensional. De igual manera, hasta hace poco se hablaba de la ‘inteligencia’ como de un fenómeno único y actualmente se habla en términos de inteligencias múltiples, y se acepta que una persona pueda tener un índice altísimo en cierto tipo de inteligencia y no en otros. ¿Es inteligente el premio Nobel de matemáticas que no es capaz de conectarse emocionalmente con los miembros de su familia? Sin duda es brillante en inteligencia matemática, pero no lo es en inteligencia emocional.

Estudiar el tema del talento nos obliga a abordar la problemática clásica de qué es innato y qué adquirido en las competencias humanas. Se cree que se nace con talento. Y que éste permite a sus poseedores alcanzar resultados extraordinarios, sin necesidad de trabajar duro, como deben trabajar aquellos que son menos afortunados por la naturaleza.
Se cree que el ‘talento’ se manifiesta desde temprana edad y que es posible detectarlo, y se considera que el talento de un niño permite predecir resultados de excelencia. El concepto de ‘talento’ implica también, que es un privilegio de pocos.

¿Qué muestran las observaciones? Varios estudios realizados sobre intérpretes excepcionales parecen no confirmar los supuestos implicados en la hipótesis del talento.

Por ejemplo, en un estudio llevado a cabo por Sosniak sobre 21 grandes pianistas americanos, no se encontraron índices de manifestaciones tempranas de talento. En general, los períodos de rápidos progresos de estos músicos, fueron consecuencia, y no causa, de una combinación de buenas oportunidades y mucho estímulo. Estudios realizados en Polonia con 165 profesionales mostraron resultados similares. Investigaciones sobre profesionales en otras áreas, como el tenis o las matemáticas, tampoco han dado evidencias claras de signos del talento durante la niñez.

En contrapartida, Howe ha estudiado la evolución de 257 niños que parecían tener un don musical especial y sólo algunos de entre ellos mostraron con el tiempo progresos significativos.

Es decir que el supuesto talento que poseen ciertos músicos de excepción no era visible cuando eran niños, y que el talento identificado en muchos niños, con el tiempo no dio los frutos esperados.

Además, la creencia que los niños con talento no precisan trabajar mucho para obtener ciertos resultados, parece ser desmentida por las observaciones.

Varios estudios sobre jóvenes intérpretes muestran que, para los 21 años, aquellos que se lanzan en la carrera de músicos, ya han acumulado unas 10 000 horas de práctica instrumental. Muchos niños considerados prodigios, han comenzado a estudiar muy pequeños y lo han hecho de forma intensa, acumulado así la misma cantidad de horas en menos tiempo. Mismo en el caso de los compositores más geniales, todos pasaron más de 10 años de entrenamiento riguroso antes de dar a luz a sus obras maestras.

Es decir que la visión romántica del músico que, con un mínimo de esfuerzo, logra resultados espectaculares gracia a su ‘talento’, es falsa.

Resultados excepcionales en el campo de la música, parecen resultar de muchísimo trabajo dedicado a cultivar habilidades innatas. El tipo de trabajo que se requiere para llegar a ser un músico de elite, se basa en características personales que parecen tener más que ver con la inteligencia emocional que con la noción de talento. Dentro de ellas están la capacidad de motivarse, de disciplinarse y de trabajar duro y de manera inteligente y de ser capaz de postergar la gratificación inmediata en pos de un objetivo a largo término.

La dedicación requerida para obtener resultados excepcionales muchas veces resulta de un fenómeno conocido como el ‘Efecto Pigmalión’. La creencia por parte de padres, profesores o del propio estudiante, de que tiene ‘talento’, les lleva a desarrollar altas expectativas de éxito, lo que motiva al estudiante a dedicarse de lleno a la actividad. Los progresos que resultan de su duro trabajo confirman la creencia en su talento y esto conduce a una espiral ascendente. Hablaremos más extensamente de este tema en el próximo artículo dedicado a la enseñanza de la música.

Pero consideremos ahora la creencia de que las habilidades musicales son reservadas a algunos pocos. Esta idea, fuertemente asociada a la noción de talento, es característica de nuestra sociedad. Sin embargo, hay culturas donde ni siquiera existe el término ‘músico’, dado que se considera que todas las personas participan de forma espontánea en actividades musicales.

Las madres cantan al bebé para calmarlo y lo mecen al ritmo de su canto de manera intuitiva. Los niños son capaces de marcar el ritmo, de bailar al compás de la música, de entender si una música es triste o feliz, de memorizar y cantar decenas de melodías. Cada una de estas actividades musicales que consideramos ‘normales’, implica mecanismos especializados extremadamente sofisticados. Muchos investigadores han llegado a la conclusión que el ser humano ha sido genéticamente programado para entender y expresarse a través de la música, de la misma manera que lo ha sido para caminar o hablar.

Los niños asimilan de manera espontánea las estructuras de la música de la cultura en que viven de la misma manera que lo hacen con el lenguaje. A parte de esto, son las características musicales del lenguaje las que nos permiten acceder a toda su riqueza expresiva. Es el ‘tono’ de lo que se dice que nos permite saber si las palabras que oímos expresan ironía, rabia o ternura. Esta capacidad para detectar e interpretar el contenido emocional de los ‘tonos’, junto con la capacidad para identificar y memorizar ‘timbres’, nos permite reconocer a través del teléfono y de manera inmediata, si la voz que oímos es la de nuestra madre o la de un amigo que no vemos desde hacía años, y captar al mismo tiempo el estado emocional en el que se encuentra.

Estas proezas de la vida diaria, parecen ser desconsideradas cuando decimos ‘no tengo oído musical’ o ‘no sirvo para la música’. En definitiva, el ser humano tiene capacidades genéticas increíbles para expresarse a través de la música y para comprender la música.

Esto de ninguna manera significa que todas las personas tengan las mismas habilidades. Los seres humanos venimos en todo tipo de tamaños, formas y colores, con personalidades, gustos, objetivos y habilidades diferentes. A igual nivel de entrenamiento, no todos lograremos correr igualmente rápido, pero todos lograremos correr. En lo que respecta a la actividad artística, no todos alcanzaremos los mismos niveles de excelencia, pero con amor por lo que hacemos, dedicación, buena guía y la confianza en nuestras habilidades musicales innatas, todos conseguiremos hacerlo bien. Más sobre este tema en el próximo artículo.

La creencia en el talento tiene enormes implicaciones en las oportunidades que se le brindarán o no a un individuo y en las que éste se brindará o no a si mismo. Es un tema extremadamente amplio y complejo, donde casi todo está aún por descubrir. La psicología de la música no pretende dar respuestas concluyentes, pero si tiene el gran mérito de hacernos cuestionar la validez de conceptos tan unánimemente aceptados y de abrir el debate. Esto es en sí un gran progreso.